Yo de enano me encontré en una familia (la mía) con unos cuantos músicos, guitarristas para más señas. Tuve la oportunidad de empezar con la española de muy niño, pero me pudo mi espíritu de contradicción: cuanto más me insistían, menos quería yo.
Y mira que mi madre me lo dijo: 'Te arrepentirás en el futuro de decir ahora que no'. Cuánta razón...
A los 11 años, como me gustaba una niña que cantaba en el coro de la iglesia de mi cole, ni corto ni perezoso trinqué la guitarra de mi padre, les obligué a que me enseñaran los cuatro acordes básicos y me presenté en el cole con el instrumento para entrar en dicho coro. Paradójicamente me admitieron en su seno, pero al poco me aburrí y lo dejé:era un coñazo y la chica no me prestaba una atención que compensara aquello, jejejeje
A los 13 me metí en otro coro joven, pero a cantar. Al parecer una jefa del cole consideró que yo tenía una voz preciosa y con gran potencial, y mi madre decidió que esa vez no pasaría como con la guitarra. Así que yo me aburría un huevo en los ensayos, pero incluso dimos un par de conciertos. Al poco me cambió la voz y con ello mi situación en el coro: pasé de estar dentro a estar fuera de él.
A los 18, ya en mi primer año de universidad, lejos de casa, un buen día empecé a percibir que tras el vozarrón de Dickinson y las poderosas guitarras de Adrian Smith y Cara Manzana, había ahí sonando algo que me atraía, y de qué forma.
Al poco, me gasté casi toda la paga de tres meses en mi primer bajo. Papá ocultó su cabreo monumental y dijo con calma: 'Bien, sigue siendo la paga para tres meses, tú sabes cómo la gestionas'. Ahí empezó mi idilio con la cerveza Aurum, a 0,63 céntimos la litrona.
Y desde entonces sigo, de forma totalmente autodidacta. Ahora tengo 27, y en diciembre cumplo mi primera década con el bajo a cuestas. Sin duda, ha merecido la pena. Mucho.
Saludos... y perdón por el tochazo que no viene a cuento.
